El otro día me preocupé seriamente. No se oía un solo ruido en casa. Miré a ver si Juan estaba dormido en el sofá, pero no, estaba ahí, tirado sin más.
—¿Qué haces? —Nada. Pensando.
Me sujeté al marco de la puerta. Joder, a ver si le había poseído el espíritu de Sócrates o algo.
—¿Y qué piensas? —pregunté con cautela, porque lo mismo despertaba a la bestia y pasábamos de Sócrates a Nietzsche en dos resoplidos.
—En qué voy a hacer ahora. Es que me estaba enfadando porque llueve y no puedo bajar con el skate, y me he tumbado a pensar.
Casi rompo el marco de la puerta. ¿Sería el espíritu de Santa Teresa de Jesús el que le poseía?
Y es que la adolescencia también tiene de esto, aunque a veces no lo veamos.
No todo es intensidad, choque, vértigo o primeras veces desbordantes. También hay ratos en los que algo dentro se ordena.
Eso también es crecer.
Menos mal que pensé: vale, no es que esté ante un yogui en potencia, es que la serotonina. Bienvenida, amiga.
La serotonina no grita. No empuja. No promete nada nuevo.
La serotonina sostiene.
Es la que ayuda a regular el estado de ánimo, a sentir estabilidad emocional, a poner un poco de calma entre lo que siento y lo que hago.
Cuando está más presente, el mundo no es perfecto, pero se vuelve habitable.
Por eso, a veces, cuando faltan palabras para expresar y los oídos para entender, aparecen los bordes afilados: más impulsividad, más irritabilidad, más sensibilidad a flor de piel.
Es un sistema nervioso buscando equilibrio. Pero cuando ese equilibrio llega desde aceptar el desequilibrio, la serotonina toma el mando y dice: “Siéntate en el sofá, yo te acompaño”.
¿Qué es lo malo? Que la serotonina no aparece por decreto.
Se cultiva.
En el vínculo seguro. En la rutina que sostiene. En el descanso. En sentirse suficiente sin tener que demostrar nada.
Para nuestros minis en crecimiento, no se trata solo de acompañar sus grandes explosiones emocionales, sino de cuidar esos ratos aparentemente aburridos en los que su cerebro aprende algo fundamental: puedo estar en calma sin dejar de ser yo.
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