Oxitocina. Cuando la memoria se apaga, la química silenciosa del amor sabe el camino.
- febrero 25, 2026
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La abuela. Ese ser de luz que un día, cuando entras por la puerta, te dice:
—Bestiaaaaaaaaaaaaa. Eres una bestia. Demonio. ¿Esto le hace a una persona? ¿Yo, que he dado de comer a todos?…
Y de ahí en adelante, todo tipo de lindezas que te cortocircuitan los oídos, el alma y la razón, porque piensas que acabas de caer en una película de dirección dudosa de algún certamen subtitulado en coreano antiguo.
Y ahí, pues lo cierto es que no sabes si tirarla por la ventana o tirarte tú.
Las lágrimas, copiosas, especialmente en los que son como yo, que lloran con un anuncio de Audi en Navidad, dan paso a la risa cuando, de repente, te dice que le traigas la bicicleta, que se va; o que no quiere agua porque el agua es para los peces; o, en el top ten… que su padre era cura y su madre jefa de monjas.
Y yo no sé si es el cerebro en una sabiduría infinita o que a mí todo me vale para pensar en esa potencia infinita de las conexiones neuronales, pero su tiempo se desplaza a un lugar donde su madre la ha dejado en el colegio, ha hecho una trastada con sus primas, se ha bañado en el río, su padre vuelve con las vacas, sus hermanos la chinchan, siempre hay comida en casa para el médico, la maestra y el cura. Y no para de decir lo feliz que era ella de pequeña. Y se ríe en los recuerdos y repite:
– “Nunca nos pegaron, nunca nos riñeron y mira que hicimos trastadas”.
Hombre, un poco padre, a veces, nos decía: “Estos chicos…”, y nos mandaba a hacer recados y tareas. –
Y ahí sé que no hay mentira, aunque haya alucinación. Lo sé porque lo ha contado siempre. Por eso sé seguro, aunque no tenga teoría universal que lo confirme, que: el amor no malcría nunca. El amor cría, acompaña y deja huella profunda en el infinito del tiempo.
El cerebro se desplaza a los recuerdos profundos, los más antiguos. Es un ciclo de la vida. Una espiral que se deshace y vuelve al inicio. Hipocampo qué bello eres.
Y, perdida en estos pensamientos, oigo: “¿Me tendrás que pedir hora en la peluquería, no? No voy a estar con estos pelos”.
Entonces me doy cuenta de que me estoy haciendo un máster de la vida que seguramente no convaliden en Bolonia, pero que pienso sacar con matrícula de honor cum laude, que me voy a dar yo a mí misma.
No voy a discutir ni medio minuto más con nadie que criar es cuidar para el hoy y el mañana.
Como dice la abuela: “Allá cada uno, si es tonto, tonto es”.
Ese debe de ser el segundo módulo del máster.
En el tercero está otra de sus frases célebres: “La camisa del último día no lleva bolsillo”.
Yo creo que con eso ya puedo ir al examen final.
Lo jodido es que no sacan la fecha en el BOE y no sé dónde me va a pillar.
Ríete de una oposición para un puesto para “toda la vida”. Como si fuera una salvaguarda de vete a saber qué.
En este examen te sacas el título de la no vida, que no sé lo que dura, la verdad.
Supongo que hasta que alguien abra la puerta y yo grite:
—Bestiaaaaaaaaaaa.
Y esa persona se matricule en el máster que pueda para no saltar por la ventana o no tirarme a mí.
Yo, mientras, sigo estudiando estos días.
Ya tengo apuntes de: lista de Spotify con canciones de misa, caricias suaves para el sistema nervioso, el rosario en Radio María, vídeos de YouTube del tiempo meteorológico en bucle, videollamadas con biznietos, cómo hablar de hacer lentejas durante tres horas, doblar servilletas para los que vengan a merendar y… el que se me resiste… acompañar el silencio y el caos en silencio, con presencia e incluso sin ella, aunque estés.
Porque yo pensaba que cuidar era poder con todo y resulta que cuidar es también estar presente con amor en los límites de la vida.