Matrícula de honor en estudiante
- octubre 1, 2025
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Siempre digo que no tengo vidas para tantos planes.
Por un lado, mola. Me apena mucho la gente que dice: “es que no sé qué hacer”.
Por otro, angustia. Robarle tiempo al tiempo es una ilusión sin truco de magia posible.
Cuando hice la carrera me quedé con ganas de un Erasmus. No uno cualquiera, claro. Tengo la penosa costumbre de ser bastante exquisita con mis decisiones. Y, como elegí el amor por encima del Erasmus, lo he puesto en mi lista de cosas que hacer en la vida.
Claro que para eso tengo que volver a la universidad.
Pero no hay problema, porque volver a la universidad y hacer una de las 50 carreras que me llaman la atención también está en mi lista.
Me imagino con mi mochila, mis bolis y, por supuesto, con algún dispositivo tecnológico, el que lleven mis compis.
Obviamente recordaré las transparencias que se fotocopiaban en reprografía, pero no lo diré para que el primer día no me llamen “la abuela”. Al menos que sea el segundo o el tercero.
Y entonces pediré un Erasmus. Y me iré con Jorge y, mientras teletrabajamos, haré alguna asignatura en una universidad europea. Y allí seré “the grandmother”. Y vendrá Juan a vernos, y no al revés.
No será lo de : “Vamos a ver al niño que está estudiando fuera”.
Será: “Voy a ver a mis padres que mi madre está como una regadera”.
¿Qué me lo impedirá? ¡Si voy al gimnasio justo para poder subir las escaleras de una universidad del norte de Europa como una más!
“El cuerpo se me arruga, es inevitable, pero no el cerebro. Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar y nunca se degenerará.”
Rita Levi-Montalcini , neuróloga.
Como me parecía un poco lejano este plan, he pensado en acercarlo un poco. Me he apuntado a la “uni”, a distancia eso sí.
A una sola asignatura, eso también. Pero he mantenido mi plan de que fuera algo completamente distinto a mi plano profesional: arte prehistórico.
No tengo ni la más remota idea de arte, salvo lo que me haya quedado en alguna neurona de las visitas a cuevas y museos.
Y entonces, cuando he acabado la matrícula, he pensado: voy a darme un título.
Matrícula de honor en ESTUDIANTE. Porque saber, saber… cada día sé menos de casi nada.
Lo cual es una mierda, porque no se discute nada bien en las sobremesas y hay que disimular haciendo como que lo que dices lo dices muy segura, y es fatal.
Pero me siento tan bien con esta notaza. Porque si hay un valor que también me fascina es la diversidad.
Y creo —lo creo firmemente, y me atrevo casi a decir que estoy en lo cierto— que estudiar cosas diversas te hace la mente un poco más grande, un poco más versátil, un poco menos sabia también, porque cuanto más metes… menos sabes.
Y eso hace que te des cuenta de lo importante que es la diversidad de pensamiento, de personas, de lugares, de estímulos.
Claro que, al minuto de darme la matrícula y estar a medio paso de ponerme un birrete y hacer un discurso, he pensado que vaya chorrada. Eterna estudiante. Laureles para mí. Y les he puesto en mi jardín virtual.
Claro que luego me he visto en un piso de estudiante, con muebles de tercera mano y haciendo sopa de sobre con Jorge y 50 y pico años a la espalda y he pensado: ¡menos mal que tengo planes!
Otro medio minuto después me he caído del guindo y me he dado cuenta de que debía estar dormida para pensar tanta bobada.
Pero no sé… no me colgaba la babilla ni nada…
Igual… déjame que piense… ¿querrían los prehistóricos ir al valle de al lado a ver cómo pintaban otros? ¿Eso era hacer un Erasmus?
Este post es solo por si te inspira a hacer algo. Aunque sea eterno. Lo que sea.
Y si no me aceptan en el Erasmus, siempre me quedará hacer un intercambio con el vecino del séptimo, que estudia cerámica.
Quizás los planes no sean para cumplirse todos, sino para no dejar nunca de estudiar cómo cumplirlos.
Supongo que por eso me gustaba tanto el Equipo A. Si eres de los 80 lo entenderás “Me encanta que los planes salgan bien”, como decía Hannibal.