La contribución
- mayo 1, 2025
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Si dices muchas veces “contribuir”, ya no suena a nada.
Como todas las palabras.
¿Lo habías probado alguna vez? Además de la gracieta de decir seguido “MONJA”, muchas veces…
Las palabras, cuando se repiten sin sentido y contenido, se vuelven sonidos absurdos.
Por eso nuestras niñas y niños aprenden mejor haciendo y sintiendo, que escuchando el sermón de las siete montañas sobre lo importante que es recoger tu habitación para la vida.
Algo que… sería discutible.
Importante es saber qué siete cosas necesitas meter en la mochila si hay que salir corriendo. Y para eso, saber dónde están en tu habitación sí es importante.
¡Vaya, qué cosas!
Podría ser un juego: recoger simulando un apocalipsis zombi… algo que no parece tan lejos de la realidad ahora mismo.
Y entonces, ¿qué es dejar que nuestras niñas y niños contribuyan para que sientan pertenencia?
Dejarles hacer. Así de fácil.
Dejarles elegir la ropa, si verde o amarilla, está bien.
Pero también si es rosa “de niña”. Eso duele un poco más.
Lo sé… llevas años leyendo libros para educar en igualdad y la niña solo quiere lazos rosas.
Dejarla elegir si pantalón azul o gris te parece perfecto, pero… ¿los lazos?
Dejarle elegir si la tarea se hace con el boli de ositos o el de jirafas, está bien.
Pero dejarles elegir si antes o después de inglés o danza… uy…
No, no. La tarea se hace antes de las extraescolares. ¿Sí? ¿Y eso? ¿Dónde lo pone? No lo leí en el manual de madre.
Dejarle elegir si se ponen los platos grandes o pequeños está bien.
Pero también si se pone mantel o no.
Hombre… eso no es discutible, ¿no, Loli? Mantel siempre.
Aunque… si preguntamos a Zara Home y sus mesas… no sé… veo muchos solos sobre maderas nobles…
La contribución tiene que picar un poquito.
Un poco. Una miajita.
“Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar, los niños no pueden, ahora es el momento, sus huesos están en formación, su sangre también lo está y sus sentidos se están desarrollando, a él nosotros no podemos contestarle mañana, su nombre es hoy.”
Gabriela Mistral. Escritora
Es en esa elección en la que me siento vista, pertenecida, escuchada, debatida incluso.
Es en ese decidir en el que tengo que argumentar, explicar, tomar acción.
Y es ahí donde me puedo responsabilizar, además, de cómo me veo y me ven, de si la tarea a las ocho de la tarde me cuesta más que a las siete, o si me gusta un mantel de tela o de hule.
Es en las decisiones de verdad en las que puedo aprender.
Tú, ellas y ellos.
Hace un año que La Casita llegó.
Si me has seguido por redes, sabes que La Casita es una mobile home en un camping.
Un mini-espacio de libertad que buscábamos desde hacía tiempo.
Un paso más cerca de nuestra vida rural, jejejeje.
Si no lo sabías, ya lo sabes.
La Casita supuso parar nuestras maletas viajeras.
Desde el inicio pensamos en que fuera un lugar para los tres, y que Juan sintiera esa contribución y pertenencia.
Hemos tomado todas las decisiones entre los tres.
Sí, también las económicas. Y ha sido toda una aventura.
Un viaje que no esperábamos y que nos ha sorprendido en cada recodo.
Paramos las maletas, pero no hemos parado de llenarlas de souvenirs de vida.
No ha sido fácil.
Hemos perdido trenes… (de decisiones)
Hemos llegado tarde…
Hemos roto cosas…
Hemos elegido mal…
Hemos tenido diferentes opiniones…
Como en un gran viaje.
El viaje continúa.
La Casita es un nuevo país que intuyo nos va a seguir sorprendiendo.
Volvemos pronto a coger un avión de verdad.
Un destino elegido entre los tres.
Nada fácil elegirlo.
Poner encima de la mesa los intereses de cada uno es relativamente fácil.
Aceptarlos… cuesta un poco más.
(“No me apetecen muchos monumentos” es un puñal que llevo clavado como en las pelis de miedo).
Equilibrarlos con el tiempo y el dinero disponible ya va siendo más tetris.
Pero la satisfacción de vernos todos representados es una postal que nadie debería perderse.
Hoy, en mi jardín virtual, la flor de frangipani.
Una flor bellísima.
Simboliza la contribución y la pertenencia porque, al ser ofrecida tradicionalmente como gesto de bienvenida y respeto, representa el acto de dar lo mejor de uno mismo para formar parte de una comunidad que te acoge.