GABA. Aprendiendo a frenar a tiempo.

“Mi madre sabe la fórmula de la felicidad. La estudió en la carrera”

Flipé cuando oí a mi hijo de rebote decir esto. A estas alturas pensé que lo habría olvidado.

Le he contado esta historia muchas veces, endulzada de distintos modos. Incluyendo dragones a los que tenía que vencer para entrar en la clase de mecánica cuántica.

En todas las historias el argumento era el mismo, pero cambiaba el aderezo. Dragones, Pokemon o ataques alienígenas para conseguir llegar a clase y tomar apuntes de esa fórmula.

Como estudié Física, teníamos una asignatura llamada Teoría de la Felicidad, donde el mismísimo Einstein te da la fórmula, pero luego te pasas la carrera y el doctorado de la vida hasta dar con el grado correcto de ingredientes.

Pero la fórmula te la sabes, la puedes llevar hasta en una chuleta si quieres.

Es más, en mi historia (y eso es verdad verdadera) la asignatura se aprueba con solo saberse bien la fórmula. Hay gente que ni copiándola mil veces se la aprende… y no miento.

Ya luego es cosa de cada uno ponerla en práctica, como la carrera: que puedes estudiar abogacía y decidirte por ser pintora, y quizá nunca preguntes nada a ningún testigo salvo a los pinceles.

Porque lo que estudias, por si aún quedaban dudas, no te define, solo añade información sobre cosas que haces.

Creo que el cuento nació un día que Juan estaba triste por haber perdido algo tan valioso como una goma de borrar en forma de Pokémon o similar, y no se me ocurrió otra cosa que decirle que yo tenía la fórmula de la felicidad, que me la sabía entera.

Me la sé mejor que como se hace una raíz cuadrada, le debí de decir. Creo que le pareció mucho porque abrió los ojos como dos luceros. Pero que, como en la raíz cuadrada, a veces se me olvida contar la que me llevaba o me atascaba en el 9×8, que por lo que sea siempre me sale 58… y es que todos tenemos una multiplicación de tabla recitada que se nos hace bola.

Y en esta fórmula también hay cosas que se hacen bola, pero te las sabes. Y ya solo queda, como en la ciencia, practicar y practicar. Y, sin paradoja ninguna, he constatado que cuanto más practicas, más cerca estás de aplicarla bien.

Ahora tú dices: ¿pero cuál es esa fórmula? Dímela.

Y yo te digo (bueno, escribo) ¿para qué te la voy a decir si estoy casi segura de que no te va a venir nada bien salir a buscar los ingredientes?

Si te lo digo, y ves lo fácil que es ponerse en marcha, te va a generar culpa y rechazo: “Tengo poco tiempo, uff, ¿no es inmediata?, prefiero buscar un cuerno de unicornio… ¿hay que saber derivar?”

¿Cómo? ¿Que te arriesgas, que lo ponga, que total ya que estamos en el blog qué te cuesta, mujer, que quiero saberla, me pica la curiosidad, seguro que nos la lías y me acuerdo de tu familia, pero dale, que te aprecio? Vamos, leñe…

Vale, venga. Teoría de la Felicidad de Einstein, historia real. Dos notas que Einstein escribió un día que no tenía propina. Lo que equivale a que le sonaría a “caca de la vaca” que te doy a ti, personal del servicio, porque me han dado un Nobel y puedo ir por la vida repartiendo filosofía barata, que para eso soy un tío brillante.

“Una vida humilde y tranquila trae más felicidad que la persecución del éxito y la constante inquietud que implica”.

“Donde hay una voluntad, hay un camino”.

Pues ya la tienes, te la voy a explicar un poco a riesgo de que Einstein me lance un guantazo sideral desde alguna realidad paralela por lista.

Necesitas:

  • Una vida: si respiras la tienes, vas bien
  • Humildad: um… bueno, si no eres Trump o algo así vas más o menos bien
  • Tranquilidad: ya la hemos liado…
  • Entender qué es éxito para saber seguro que no vas detrás de algo como pollo sin cabeza y se te amarga la tranquilidad
  • Y voluntad, que la venden al lado de las agendas anuales y los métodos de organización del tiempo de la Casa del Libro

Pues ya estaría. Nos vemos en el camino si empiezas a buscar los ingredientes.

Por cierto, mi hijo se los sabe, aunque su pregunta siempre era:
—¿Y aprobaste?

No, me quedó para septiembre muchos años.

Y pensando en esto, igual parte del problema —sobre todo en la adolescencia— es que la fórmula la sabemos, pero no siempre podemos frenarnos para aplicarla.

Ahí entra el GABA. El neurotransmisor que toca hoy en el post. Es el que pone el freno. El que baja el ruido. El que dice “hasta aquí”.

Pero claro, en la adolescencia ese sistema aún se está afinando. Así que tienen todas las ganas, toda la intensidad… y menos capacidad de parar a tiempo.

Y a lo mejor la fórmula también iba de eso:
de aprender no solo a saberla, sino a poder frenar lo suficiente como para usarla. Al estilo de la relatividad.

Porque si tú, que sí tienes el GABA ya bien afinado, no sabes hacerlo…
no pretendas tanta exigencia en tu adolescente.

Y menos cuando aún eres incapaz de no amargarte porque vas justa a la carnicería,
o porque en la última reunión no te preguntaron por ese informe que tanto te costó.

 

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