El éxito

En 2019 Juan iba dos tardes a la semana a Robotix.

Mi madre y mi abuela se venían con nosotros hasta la academia, luego retrocedíamos un poco, tomábamos un café y volvíamos a recogerle.
Mi abuela tenía 98 años en ese momento.

Algunas tardes mi madre aún trabajaba y entonces íbamos solo mi abuela y yo con Juan.

En noviembre de 2019 me dijo por primera vez una tarde:
—Hija, vete tú a la academia, que yo te espero ya con el café, así vas más rápido.

De primeras no fui consciente. Pero al volver —apenas esos 200 metros de diferencia, no llegan, creo— me di cuenta de que me estaba diciendo algo más.

A su manera, me decía que ya no llegaba tan lejos.

Solo 200 metros de ida y 200 de vuelta eran ya un límite para ella.

A los pocos días empezó a usar un andador que la ayudara un poco. Nos costó Dios y ayuda. Eso era de viejos. Y ella, con 98 años a meses de los 99, pues… estaba en plena juventud, debía ser.

Esa tarde me dio un flush. A veces me pasa. Como un punto de consciencia o de locura que incluso me avergüenza compartir.
Los 200 metros de vuelta me dieron para mucho.

En el café nos contábamos muchas cosas. Me hablaba de antes, del pueblo, de la vida.
Me regalaba frases que yo discretamente apuntaba en el móvil para copiarlas luego en mi diario.

Yo, en 2019, estaba “desconfigurada”. No acababa de encajar lo de ser madre y profesional, y no hilvanaba bien mis proyectos personales.

Nada único, nada que no pase en cada esquina.
Y andaba haciendo introspecciones de esas de “¿dónde te ves en 5 años?”, “¿dónde trabajarías sin cobrar?”, “¿cuáles son tus habilidades?”… ya me entendéis.
Los mantras de cualquier sección de autoayuda.

Entonces, ese día, en ese café, después de esos 200 metros de vuelta, se me ocurrió preguntarle:
—Abuela, ¿qué es lo mejor que has hecho en la vida?

Siempre que le soltaba algo así se reía. —¡Ay, hija! Se callaba. Y al poco, siempre me daba una respuesta.

“He aprendido que la gente olvidará lo que dijiste, olvidará lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo los hiciste sentir.”

Maya Angelou, escritora y activista estadounidense

—Pues lo mejor que he hecho en la vida ha sido tener tiempo para querer bien.

Tal cual. No he cambiado ni una coma.

Tal cual se fue la frase a mi móvil.

Mi abuela tiene 104 años y hace ya meses que no me regala sus frases. Me regala sus historias de antes y mucho dolor, porque ella no quiere vivir ya.

Supongo que es porque ya no puede querer bien.

Tuvo 4 hijos. Solo queda mi madre. Enviudó. Estuvo a punto de ser monja, con todo listo en un baúl, pero dijo que “naranjas de la China”.
Se sacó unas oposiciones a Correos cuando lo de “mujer y estudiar” era una broma macabra. Su padre no la dejó tomar posesión de la plaza. Tenía que ir a Valencia.
Estudiar, para “entretenerte”, vale. Ya lo de trabajar a kilómetros de tu casa sin un marido, una ficción.
Se puso a enseñar a leer a niñas. Para entretenerse, supongo. Con sorna lo digo.

Se casó. —Hija, con tu abuelo siempre fui feliz. Me hizo sentir mujer siempre.

Mi abuelo era de recoger la mesa “porque ya que voy para la cocina” como excusa para algo que debía de ser casi surrealista.

Mi abuela podría haber sustituido a Jordi Hurtado en Cifras y Letras y haberse hecho con Pasapalabra.

De leer el diario cada día y con un libro siempre cerca.
Cocinar regulín, tirando a mal, porque la cocina… qué pesada es.
Hablar mucho. Besar mucho.

Querer en el exceso.

Se sentaba frente a mí cada tarde al salir del cole.

—Cuéntame.
Sus ojos solo eran para mí. Me hablaba en cada gesto.

—¡Uy! ¡Fíjate! ¿De veras?

Sus opiniones sentaban cátedra.

La frase de mi abuelo, detrás: —A un “sí” tuyo no hay un “no” de nadie. Y se reía.

Cabezota. —Me harás comulgar con ruedas de molino.

Desde 2019 yo también me he asegurado de saber muy bien qué es el éxito en mi vida.

A ella, querer bien le ha salido de premio que nunca recibirá.
No habrá ovaciones en teatros, ni menciones en LinkedIn. Ni premio fin de carrera o ascenso meteórico en una empresa unicornio.

Pero, joder, que todos los días puedas hacer de tu valor principal el motivo de tu vida… igual sí debería salir en los periódicos.

Y no es que no haya tenido mucho sufrimiento —que tengo para escribir un libro tamaño El Quijote—, es que en medio de eso la he visto querer bien.

Hace unos meses, cuando me preguntaban “¿cómo estás?”, “¿hasta arriba, no?”, yo decía:
—Como pollo sin cabeza, pero pollito contento.
Como para dar esa respuesta esperada, pero con el matiz de mi sentir.

Ahora ya ni eso.
Ahora digo: —Estoy bien. En calma. En paz.

Porque sé lo que quiero hacer bien todos los días.

Veo caras de estupefacción. O lo habitual: —Uy, pues ya me dirás cómo lo haces.
Y se lo digo.

Yo sé que mis elecciones no me van a llevar a tener una casa con jacuzzi, ni a viajar por el mundo entero, ni a que me nombren miembro de un consejo directivo. Al menos no en este modelo que vivimos.

En el camino voy a dejar muchos microéxitos que considera esta sociedad que tenemos.

Lo acepto. No sin cierta incomodidad a veces. Y, por qué no decirlo, con envidia en ocasiones.

Pero como me meto en la cama y digo: “Lo he hecho bien”.

Y me levanto y pienso: “Qué bonito es mi tiempo”.

Quizá —solo quizá—
sí he encontrado la definición de éxito en la que quiero vivir.

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