Dopamina. Yo soy y estoy.

Cuando nuestras y nuestros minis son peques aparecen muchas primeras veces.

El primer paso. El primer mamá o papá. El primer diente. La primera fruta. El primer día sin pañal.

Los honramos. Los recordamos. Guardamos fotos, recuerdos, palabras.

Cuando llega la adolescencia hay un nuevo renacer.

Hay muchas últimas veces, ya hemos hablado de ello (recuerda sana, sana… culito de rana…).

A veces ni las vemos. Pero yo te invito a ello, a observar esas últimas veces porque son una manera de ir apaciguando ese nostalgia que a veces se crea al ver volar.

Pero también aparecen muchas nuevas primeras veces. Mucho más sutiles.

Apenas inadvertidas y en ocasiones bañadas de tensiones.

Ya no me da un beso al despedirse para ir al cole.


Es el último beso, pero es la primera vez que elige cómo gestionar el amor.

No es que no te quiera, es que no sabe aún cómo colocar esa emoción que le invita a crecer y salir de la cueva.

Y ojo, que creo que esto ocurriría menos si dejáramos de decirles “ya eres mayor, no llores, menuda bobada eso por lo que te agobias, deja de hacer el tonto”.

El amor no tiene caducidad, solo tiene otros formatos, como las cajas de bombones: todas llevan chocolate, pero las hay con forma de corazón y empalagosas y otras que son a granel en una caja feúcha.

Quédate con el chocolate, no con el envoltorio.

Igual para nuestros minis en crecimiento. Quédate con su chocolate interior aunque te lo den en forma de empujoncitos en el ascensor.

Y así con tantas primeras veces.

El primer día que elige cómo estudiar, el primer día que decide no ir a un cumpleaños porque no le gusta el plan, el primer día que mira a otra persona y nota un algo extraño en su estómago, el primer día que sale con sus amigos y tiene hora de llegada…

Lo impresionante en adolescencia es que hay tantas primeras veces en un día que la intensidad puede ser abrumadora.

Pero para mí es un regalo para ver la vida con esa intensidad que envidio.

Quiero volver a mirarme en el espejo del ascensor como si no me hubiera visto nunca y colocarme un pelo como si desactivara bombas, con esa precisión mágica que da el verse reconocido en ese otro que le mira desde el espejo.

Quiero volver a mirar el reloj cada 3 minutos durante 3 horas hasta que sea la hora de salir a tomarme un café con una amiga y querer que el tiempo vuele como si en ese café me fueran a desvelar el santo grial.

Quiero meterme a la cama sintiendo que esas risas en mitad de una reunión han sido lo mejor de mi día y poder contarlo 35 veces con sus variantes con mis compañeros.

La dopamina es el neurotransmisor que más podemos asociar a estas primeras veces tan desapercibidas para la mirada adulta.

Una dopamina que no tiene tanto que ver con el placer como con la motivación, la curiosidad y la sensación de que algo importa. Es la que se activa cuando el cerebro dice “esto merece atención”, “esto me construye”.

En la adolescencia, con un cerebro aún en plena reorganización, la dopamina funciona como una linterna que ilumina caminos nuevos: relaciones, decisiones, límites, deseos.

No solo refuerza conductas, también fija recuerdos emocionales y ayuda a dar sentido a la experiencia.

Es la dopamina la que les susurra, tú eres y tú estás.

No dejemos que esas primeras veces sean solo apps que descargar.

Vamos a regalarles oportunidades para que esa descarga dopaminérgica se produzca y fije emociones y valores de crecimiento.

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